Sirimusa

01/06/2006
José Manuel León

El acontecimiento se titula Sirimusa, y es el primer disco en solitario de José Manuel León, jovencísimo y sobrado y de Algeciras, donde Salvador Andrades le formó inicialmente en la vieja escuela de Antonio Sánchez Pecino, y a la sombra de Paco de Lucía o Cañizares como principales referentes. Claro que él luego volaría a través de la música y no sólo flamenca: en febrero de 1997 acompañó en una gira al dúo La Plata y ha grabado con Raimundo Amador o con la cantautora Rosana. Su toque, lo mismo escoltó a Morenito de Íllora que a Miguel Bosé, José El Francés,Tamara, Pastora Soler o Presuntos Implicados. Esto es, un artista versátil que terminó recalando en la cantera de Gerardo Núñez (fue una de las sorpresas del disco La Nueva Escuela de Guitarra Flamenca), quien a su vez le arrimó al ascua de Carmen Linares. Faustino Núñez afirma que “Sirimusa es una puesta al día de la guitarra flamenca, desde el toque, que desde principio es de primera, en técnica e interpretación, como en la correcta traducción de los diferentes estilos”. De hecho, pareciera como si José Manuel León hubiera aplicado a la sonanta la técnica gastronómica de El Bulli de Ferrán Adriá.

Esto es, la reconstrucción, enmascarando los palos tradicionales bajo una meticulosa y precisa polirritmia, como ocurre con Isla Verde, en donde el fandango no deja de ser una invitación al viaje hacia otros territorios melódicos. En el toque que da título al disco, reina la bujería, pero su Reja de bronce arranca por tanguillos, se convierte en tientos al pairo de la adecuada voz de Alicia Carrasco, desemboca naturalmente en tangos, pero también se da un paseo por la bujería. No sólo sigue a Paco de Lucía en la interpretación de algunas piezas como la rumba “Hay que ser positivo”, donde se sale literalmente del cuadro flamenco, o los tangos de Tonga; sino en los topónimos que incorpora a sus títulos, desde la garganta de Chorroskina por alegrías a La Plaza La Palma, donde vuelven a mandar las bulerías. Su compleja y atractiva Travesía de la Soleá resulta todo un catálogo de lo mismo y se atreve a recomponer el rompecabezas de la granaína en Río de la Plata. En un disco donde manda la percusión y en donde alienta una lectura atenta y sabia del pasado de la guitarra, para abrirse a nuevos mundos y armonías como Los niños del atún, que cierra esta obra, y que Faustino Núñez califica como “un rumbablús en el que las palmas, en modo negro, se funden con el toque poderoso de León, y del contrabajo de Pablo”. Pablo es Pablo Martín Caminero, productor de este disco, en el que también se deja oír el bajo de Martín Leiton, la guitarra de Juan Requena, el cajón de Pakito González y de Ángel Sánchez “Cepillo”, quienes asumen otras percusiones junto a Pablo Martín Jones. Por fin, a las baterías de Borja Barrueta y de Moi Natenzon, sobreviven las palmas de José Quevedo “Bolita”, grabadas en Sanlúcar, en el estudio de La Calle de la Luz de José Miguel Évora. “No se puede uno proponer hacer la mejor taranta del mundo, ya la ha hecho Paco de Lucía en Fuente y Caudal. Tampoco tiene sentido buscar una meta, y si no la consigo, me muero. Si no, acabas loco. Es cuestión de sacar lo que uno tiene, y si tienes otra forma de verlo, genial”, le declaraba a Silvia Calado, quien, en Flamenco-World, destacó un hecho importante, el de que se trata de un álbum autoproducido, “ya que las grandes discográficas han casi vetado a la guitarra solista”. De hecho, una de ellas intentó desvirtuar este disco, aliviándolo para hacer comercial. José Manuel León le dijo que nones, quizá porque sabía que no le hacía falta. Que no es un disco fácil, de acuerdo. Pero es un disco para la eternidad.

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